Por Elder Tad R. Callister, de la setenta
Provo Missionary Training Center
October 7, 2008


Hace muchos años que entré en el Centro de Capacitación Misional como un misionero joven y entusiasta. El entrenamiento fue más corto y más simple en ese entonces, pero el espíritu era tan poderoso como lo es hoy. He olvidado la mayor parte de lo que fue dicho, pero una observación hecha por el presidente del Centro de Capacitación Misional me llegó y me ha acompañado hasta hoy. Él dijo en esencia: » Cada misión tiene un número de buenos, aun excelentes misioneros, pero la mayoría de las misiones sólo tiene alrededor de cinco misioneros consagrados – aquellos que están dispuestos a dar todo en el altar del sacrificio.»

Hoy creo que hay muchos de estos misioneros consagrados. Pero para aquellos de ustedes que no lo son todavía, pero les gustaría ser, a ustedes me gustaría hablar hoy – acerca de convertirse en un misionero consagrado.

¿Qué es un misionero consagrado?

¿Qué es un misionero consagrado? Es un misionero que está dispuesto a dar todo en el altar del sacrificio sin retener nada. Es estar dispuesto a dar hasta cada medida de energía, cada pensamiento consciente, y cada gota de pasión a esta obra – es someternos a la voluntad de Dios sea la que sea. Todo misionero que ha estado en el templo ha hecho convenio de consagrar todo. El libro de Omni registra la profundidad y amplitud de dicho convenio: » Sí, venid a mí, y ofreced vuestras almas enteras como ofrenda a él» (Omni 1:26).

La ley de consagración es la ley del templo, es la ley del reino celestial, y es la ley de una misión celestial.

Parley P. Pratt fue un misionero consagrado. Sirvió como misionero por más de 25 años en labores casi constantes. Él acababa de regresar de su última misión en Chile. Él tenía la esperanza de que ahora pudiera quedarse en casa y disfrutar de su familia, pero sus expectativas fueron de corta duración. El presidente Brigham Young lo llamó a servir a otra misión, esta vez en los estados del este. Uno puede imaginar los sentimientos que deben haber entrado en el corazón de Parley. Tal vez, pensó, «¿No he dado todo lo que de un mortal se podía esperar que dé? ¿No merezco pasar algún tiempo con mi familia y amigos? No puedo simplemente relajarse por un rato?»

Pero Parley P. Pratt fue un misionero consagrado. El 7 de septiembre de 1856, poco después de aprender de su llamamiento por Brigham Young, ofreció las siguientes reflexiones tiernas y percepciones proféticas: «He deseado, después de viajar durante veinticinco o veintiséis años, sobre todo, a quedarse en casa y trabajar entre el pueblo de Dios, y a cuidar de mi familia, pero hágase la voluntad de Dios, y no la mía. Si es la voluntad de Dios que deba pasar mis días en proclamar este Evangelio y dar testimonio de estas cosas, me considero a mí mismo con muchos privilegios y honor. Y cuando el Espíritu de Dios reposa sobre mí, yo creo que no importa sino muy poco lo que sufrí, lo que sacrifiqué – si consigo el honor o el deshonor de los hombres, o cuando me muera, si es que puedo mantener la fe, pelear la buena batalla, y terminar mi carrera con gozo. Tengo toda la eternidad delante de mí, en la que puedo disfrutar de mí mismo.» (Autobiography of Parley P. Pratt, p. Xxv).

A veces existe la tentación de retener parte de la ofrenda. Tal fue el caso de Ananías y Safira, su esposa. Las Escrituras nos dicen que vendieron un pedazo de tierra. Bajo la ley de consagración, ellos habían de entregar la totalidad de los ingresos de la venta a la iglesia, pero en secreto guardaron una parte del precio. La consecuencia fue devastadora – cayeron muertos (Hechos 5:1-10). A veces los hombres buenos, tal vez incluso los grandes hombres, no pueden decidirse absolutamente a poner todo sobre el altar de sacrificio, y en tal caso pierden la vida eterna. Así sucedió con el joven rico. Él había guardado los mandamientos desde su juventud. Entonces el Salvador declaró: «Aun te falta una cosa. Vende todo lo que tienes y distribúyelo a los pobres…y ven y sígueme.“ Pero era demasiado pedir, y el joven se fue triste, sin ganas de poner su todo sobre el altar de sacrificio.

Pedro, al oír la conversación y entendiendo que no puede haber atajos a la vida eterna, declaró sin refrenarse: «Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido»(Lucas 18:18-28). Tal vez hay unas cosas que nos faltan, que aun no ponemos sobre el altar de sacrificio, que nos impiden llegar a ser misioneros consagrados. ¿Hablaré sobre éstas, para que nosotros también podamos llegar a ser como Pedro y dejar todo sobre el altar de sacrificio.

Poner sobre el Altar de Sacrificio Cualquier Desobediencia.
En primer lugar, un misionero consagrado pone sobre el altar del sacrificio cualquier racha de desobediencia que pueda haber, por más grande o pequeña que sea. Él tiene una búsqueda incesante de ser obediente con exactitud. El Rey Lamoni reconoció que Ammón era un misionero consagrado, pues dijo: «Aún se acuerda de todas mis órdenes para ejecutarlas» (Alma 18:10).

La primera vez que entré en el campo como presidente de misión, me reuní varias veces con un misionero que estaba luchando con la obediencia. Un día en frustración gritó: » ¿Qué, pues, es lo que quieres que haga?», Le contesté: «Usted no entiende el punto. No es qué quiero yo que haga, sino qué quiere hacer usted.» Hubo un momento de silencio y luego hizo esta profunda observación: «Usted no está pidiendo que tan sólo cambie mi comportamiento, usted está pidiendo que cambie mi naturaleza.» Él tenía razón.

Si sólo cambias tu comportamiento, entonces vas a ser la misma persona que eras cuando saliste de casa, sujeto a los mismos problemas que te acosaban en ese entonces. Pero si cambias tu naturaleza llegarás a casa un nuevo hombre o mujer, con el poder y la disciplina para conquistar a tus viejos Goliats. Si te levantas a las 6:30 de la mañana sólo porque tu compañero lo hace, simplemente has cambiado tu comportamiento. Si te levantas si él lo hace o no, has cambiado tu naturaleza. Si dices buenas palabras al entretener malos pensamientos, sólo has cambiado tu comportamiento. Si cambias tus pensamientos, también has cambiado tu naturaleza. Con la ayuda del Señor podemos transformar nuestra naturaleza. El rey Benjamín dio la clave de cómo podemos hacerlo. Debemos llegar a ser » sumiso, manso, humilde, paciente, lleno de amor y dispuesto a someterse a cuanto el Señor juzgue conveniente imponer sobre él, tal como un niño se somete a su padre». (Mos 03:19).

Esa es la clave – someter nuestra voluntad a la voluntad de Dios.
Un misionero, al volver a casa me dijo que se durmió una mañana. Su compañero le dijo: » Es la hora de levantarse de la cama. » Este misionero respondió: «Yo no quiero.» Su compañero respondió: «No se trata de lo que tu quieres, se trata de lo que el Señor quiere.» El misionero dijo: » Nunca he olvidado eso – una misión se trata de lo que el Señor quiere, no de lo que yo quiero.»
Una naturaleza consagrada nos hará obedientes, no porque tenemos que hacerlo, sino porque queremos. Tal naturaleza puede hacer que cambiemos la música que escuchamos, puede causar que algunos sean más positivos en su forma de hablar, o más puntuales en seguir el horario de la mañana o más diligentes en sus estudios. Sea lo que sea, el misionero consagrado lee el manual blanco con entusiasmo, ansioso de obedecer y seguir todas las reglas con exactitud, sabiendo que no es un libro de restricciones sino un libro de bendiciones. Él tendrá un gran, ardiente deseo de hacer la voluntad del Señor, no la suya.

Dejar Nuestros Temores sobre el Altar de Sacrificio
En segundo lugar, los misioneros consagrados dejan sus temores sobre el altar de sacrificio y abren sus bocas a todo el mundo. Esto será uno de sus desafíos más grandes en el campo misional. Esto a veces separa a los misioneros consagrados de los buenos misioneros. Reconozco que puede haber varias razones por las que alguien no abre la boca en todo momento y en todo lugar – por qué se retiene una parte de la ofrenda. Podría ser una personalidad tímida, o un temor al hombre, o una racha de pereza, pero sea cual sea la excusa que fuera, finalmente, hay que superar. No sobrevence el mandato del Salvador que dice: «Y abrirás tu boca todo el tiempo.» (DC 28:16). Este requisito se repite una y otra vez en las Escrituras.
En otra ocasión, el Señor dijo: » En todo momento y en todo lugar abrirás tu boca y declararás mi evangelio como con voz de trompeta, tanto de día como de noche.» Y luego se cumple la promesa a los obedecen: » Y yo le daré fuerza como no se conoce entre los hombres» (D&C 24:12).
A veces en la vida tenemos que cuadrarnos los hombros y hacerlo. No hay ninguna pastilla mágica que nos haga valientes, ningún paso de tiempo que nos fortalezca, ni ningún plan memorizado que nos anime. Nos quedamos sólo con el consejo convincente del rey Benjamín: «Y ahora, si creéis todas estas cosas, mirad que las hagáis» (Mosíah 4:19).
Hace años que mi abuelo servía como Presidente de la Rama de Rotterdam en Holanda. Habló de una mujer pobre que vino a él, habiendo ganado el equivalente a un cuarto del dólar Americano para toda la semana. Ella le preguntó si necesitaba para pagar el diezmo. Él la miró por un momento en su condición de pobreza, y luego dijo: «Hermana, si esta fuera mi iglesia, yo no tomaría su diezmo. Pero no es mi iglesia, sino es la iglesia del Señor, y el diezmo es un principio sobre el cual se basan las bendiciones del Señor» (LeGrand Richards Habla, P. 185.)
Ella pagó su diezmo.
Si yo pudiera como presidente de misión, habría eximido algunos misioneros que luchaban con abrir la boca. Yo sabía lo difícil que era para ellos, pero no pude. El mandato de abrir la boca no es mío. No es el mandato de Predicad Mi Evangelio, no es el mandato del departamento misionero, es el mandato del Señor que ha hablado sobre este tema una y otra vez a través de sus profetas vivientes. A veces tenemos que ser como Nefi y decir: » Iré y haré lo que el Señor ha mandado, porque sé que él nunca da mandamientos a los hijos de los hombres sin prepararles la vía para que cumplan lo que les ha mandado » (1 Nefi 3:7). Eventualmente tenemos que hacer algo más que contar las historias del Libro de Mormón, tenemos que vivirlas.
El Señor, al hablar a un grupo de misioneros que salían (como tú), dijo cinco veces que «prediquen por el camino» (DC 52:10-27). Predicamos por el camino cuando hablamos con la gente en los estacionamientos, cuando hablamos con la gente en los ascensores, cuando hablamos con la gente en las tiendas o en el colectivo o en las estaciones de servicio. Misioneros consagrados predican por el camino en todo momento y en todo lugar, tanto de día como de noche. A veces hay misioneros que están tan preocupados por ofender a las personas que en el proceso que nunca las salvan.
Yo tenía un asistente que solía decir: «Si quieren bautizar a unas personas, hablen con unas personas. Si quieren bautizar a muchas personas, hablen con muchas personas y si quieren bautizar a todos, hablen con todos.» Pero el Señor le dio una razón aún mayor para abrir la boca. Él declaró: «Y te será indicado, desde el tiempo de tu salida [de tu apartamento en la mañana], hasta el de tu regreso [a tu apartamento por la noche] lo que has de hacer.» (D&C 28:15-16). En otras palabras, tendrás el espíritu desde el momento de salir de tu apartamento hasta el momento en que regresas a tu apartamento si haces lo que se requiere en el versículo 16: «Y en todo momento abrirás tu boca para declarar mi evangelio con el son de regocijo. Amén».
La razón por la que es tan importante abrir nuestras bocas es que cada vez que lo hacemos ejercemos fe, y cada vez que ejercemos fe invitamos al espíritu y a los milagros a nuestras vidas. Misioneros consagrados abren sus bocas con todos.

Poner Nuestras Pasiones Románticas sobre el Altar
En tercer lugar, un misionero consagrado pone sus pasiones románticas en el altar del sacrificio; tiene un corazón cerrado y una mente enfocada. Nunca coquetea, no tiene un ojo sobre el lindo alumno de BYU ni sobre los amables jóvenes adultos solteros, ni tampoco se enfoca en las mujeres jóvenes después de la reunión sacramental. Él no está obsesionado con su novia en casa. Se eleva por encima de todo eso.
En mi época, el manual blanco contenía esta declaración muy inclusiva: «Ponga fuera de su mente todos los pensamientos de la casa, la escuela, su novia y las cosas mundanas. «Fue un poderoso recordatorio que nuestra misión era el único enfoque de nuestra mente y la única pasión de nuestro corazón. Difícil puede ser, pero el misionero consagrado disciplina sus pasiones. Su ojo está remachado a este trabajo. Él es como el caballo de pura raza con sus anteojeras. Él corre hacia delante viendo sólo la pista y el fin. Si un mal pensamiento entra en su mente, lo impulsa hacia fuera con un himno o escritura. Su mente no va con la corriente. Más bien, hay un concertado esfuerzo de conciencia activa para mantener su mente pura y limpia.
Cuando David vio a Betsabé en la azotea, siguió observando – eso fue su perdición. Cuando José fue tentado por la esposa del faraón, las escrituras dicen: » Él salió» (Génesis 39:12), y eso fue su salvación. No es diferente con nuestras mentes. Alma enseñó este principio a su hijo Coriantón, que lamentablemente había abierto su corazón a la ramera Isabel. Alma reprendió severamente a su hijo y le dijo: «Sí, ella desvió el corazón de muchos, pero esto no fue una excusa para ti, hijo mío.» Y entonces él le dio el remedio para ser un misionero consagrado, «no te dejes llevar más por las concupiscencias de tus ojos, sino que te refrenarás de todas estas cosas. «(Alma 39:4,9).
Ustedes, siendo misioneros jóvenes que entran al partido, estarán rodeados, casi sumergidos, por los de la ropa inmodesta, por carteles indicativos, por las revistas y los periódicos que han perdido todo sentido de la decencia moral. Si embargan sus pensamientos con la virtud sin cesar (DC 121:45) las consecuencias serán monumentales en sus vidas. Como misioneros tendrán la confianza de que el Señor va a escuchar y responder a sus oraciones. El mismo Señor prometió: » Deja que la virtud engalane tus pensamientos incesantemente; entonces tu confianza se fortalecerá en la presencia de Dios.» (DC 121:45) Además, cuando vuelvan a casa y salgan en citas, ustedes no sólo pueden tener un noviazgo romántico, sino también uno que sea limpio y sano. Y cuando ustedes están casados, serán esposos fieles y leales. Si cada acción es precedida por un pensamiento, entonces cada misionero consagrado primero debe tener una mente limpia y consagrada.

Dejar el Orgullo
En cuarto lugar, un misionero consagrado deja su orgullo sobre el altar de sacrificio. El Señor lo dijo claramente: «Y nadie puede ayudar en esta obra a menos que sea humilde y lleno de amor» (DC 12:8). El orgullo se manifiesta de muchas maneras – una forma es deslealtad a los que son nuestros líderes.
La lealtad es mucho más que someterse con malas ganas. Se trata de una búsqueda activa, no sólo de seguir el consejo de nuestros líderes, sino de buscar su consejo. Un misionero consagrado tiene hambre y sed para la instrucción en cuanto a cómo puede ser mejor, y ahora somos muy afortunados porque hay tantos misioneros en el mundo que manifiestan ese espíritu. Una y otra vez los misioneros me preguntaban en el campo, » Presidente, ¿qué puedo hacer para ser un mejor misionero?» Y oh, cómo llegaron a ser así.
El orgullo puede manifestarse en los celos de los compañeros. Pienso en uno de los mejores Elderes de nuestra misión. Nunca le oí decir «yo». Siempre fue «nosotros» o «mi compañero hizo esto» o «mi compañero hizo aquello.» Aunque sus palabras siempre acreditaban a alguien aparte, de alguna manera yo siempre sabía que él era la fuerza escondida detrás de todo. El orgullo puede manifestarse en una desgana de confesar nuestros pecados. Puede darnos demasiada vergüenza, o hacernos temer las consecuencias, o puede hacernos pensar que por alguna razón el pecado va a desaparecer si servimos una misión honorable. Pero la raíz de cada una de esas excusas es el orgullo.
En una ocasión, un misionero vino a mí con una tarde confesión. Le pregunté qué lo motivó a venir. Él respondió: «Por fin revelé a mi compañero que tenía algo que confesar al Presidente, pero yo no quería volver a casa. Entonces mi compañero dijo algo que me llamó la atención. «Elder», dijo, «hay algo aún más importante que tu misión». Un poco sorprendido, le dije, «¿Qué es eso?» Luego me contestó: » El arrepentimiento – el arrepentimiento es más importante que tu misión.» El joven Elder que estaba sentado delante de mí dijo: «Presidente, yo sabía que tenía razón. Y es por eso que estoy aquí. Quiero arrepentirme.» No hace mucho tiempo que recibí una invitación para asistir a su sellamiento en el templo.
Algunos han preguntado con sinceridad: «¿Cuándo debo confesar?» Cuando el pecado es de una grave magnitud y puede ocasionar un proceso disciplinario, o cuando sigue molestando nuestras mentes de manera que no podemos tener paz. Si no somos capaces de confesar nuestros pecados, nuestros horizontes espirituales se vuelven limitados. Es como estar rodeado de un muro impenetrable y circular. En tal circunstancia, tenemos un espacio limitado en el que moverse, pero estamos atrapados. Buscaremos en vano una rendija por la que podemos escapar, una abertura por la que podemos pasar, el punto débil por el cual podemos salir. No hay escapes no sabidos, no hay aberturas secretas, no hay pasajes ocultos. Servir en una misión fielmente no anula la confesión; meses y años de abstinencia no eliminan por completo la necesidad, uno-a-uno suplicando al Señor no es un sustituto. En algún lugar, en algún momento, de alguna manera tenemos que hacer frente al muro y subir por encima. Eso es la confesión. Cuando hacemos esto, se vuelven ilimitados nuestros horizontes espirituales y tenemos derecho a la promesa del Señor. «Aun que vuestros pecados sean como la grana, como la nieve serán emblanquecidos.» (Isaías 1:18).
El orgullo puede manifestarse en una actitud defensiva o en una multitud de excusas. En una ocasión reprendí a un misionero durante un acto de desobediencia flagrante. Empezó a poner excusa tras excusa, hasta que finalmente dije: «Si usted quiere ofrecer excusas que no puedo ayudarle. Si usted está dispuesto a reconocer el mal, voy a trabajar con usted y podemos construir un futuro constructivo sobre un fundamento seguro y sólido.» Ese día tenía que elegir entre la racionalización y el arrepentimiento. Afortunadamente él eligió la segunda opción.
Una noche estaba con una Elder Choi y Elder McClellan. Estuvimos hablando con una madre que no quería dejar que fuera bautizado su hijo de 17 años. Por lo menos diez minutos de la conversación, ella retó severamente a estos Elderes, y, literalmente, «les pasó sobre las brasas.» No hay duda de que estaban avergonzados, incluso ofendidos, sobre todo porque su presidente de misión estuvo presente. En mi opinión no habían hecho nada malo. Al contrario, estaban tomando un batir inmerecida de proporciones considerables. Pensé, van a luchar, van a discutir, van a defender su posición? Se debe anotar que no hubo ninguna discusión, ninguna excusa – simplemente la humilde respuesta que ellos estaban intentando hacer lo mejor para su hijo y si después de todo habían fracasado, que lo sentían mucho. Ellos no estaban tratando de ganar una discusión. Ellos estaban tratando de salvar a un alma. Con ese espíritu humilde, el corazón de la madre se ablandó, y finalmente acordó que iba a escuchar con más atención el mensaje que su hijo estaba escuchando. Ellos fueron misioneros consagrados – hasta la última gota de su orgullo había sido puesta sobre el altar del sacrificio.

Pusimos Nuestro Negativismo y Sarcasmo Sobre el Altar
En quinto lugar, los misioneros consagrados están dispuestos a abandonar cualquier negatividad o sarcasmo. Optan por ser optimistas y positivos. Tienen una sonrisa las 24 horas del día. Viven por invitación del Salvador, » Sed de buen ánimo, yo he vencido al mundo» (Juan 16:33). No hay ningún hueso negativo en su cuerpo. No hay un rechazo en la puerta o en la calle que pueda debilitar su entusiasmo. Ellos están dispuestos a pagar el precio del rechazo repetidas veces por la esperanza de una sola conversión. No importa lo que el mundo les lance, ellos lanzan una sonrisa, porque saben que tienen el Evangelio de Jesucristo.
Misioneros consagrados son como Heber C. Kimball y Brigham Young, quienes sirvieron sus misiones en Inglaterra. Sus familias fueron golpeadas con pobreza, estaban enfermos, y había poca comida disponible para los meses siguientes. Heber y Brigham, finalmente capaces de levantarse a sí mismos de sus propias camas, besaron a sus esposas e iniciaron su viaje. Brigham registró: » Me pareció como si las entrañas mismas se derretirían por dentro mío al pensar en dejar a mi familia en tal condición. » (Los hombres con una misión, p 71.). Pero antes salieran por completo, Brigham pidió al carretero que se detuviera. Él y Heber reunió todas sus fuerzas para ponerse de pie, levantando sus sombreros sobre sus cabezas tres veces y gritando: «¡Hurra , hurra , hurra por Israel.» Tenemos tales misioneros consagrados que pueden gritar «¡Hurra , hurra , hurra por Israel», incluso cuando son bombardeados con el rechazo, o la enfermedad, o la decepción – tienen una fe inquebrantable en la promesa de Pablo: «No nos cansemos, pues, de hacer el bien ; porque a su tiempo segaremos , si no desmayamos » (Gálatas 6 : 9).

La Milla Extra
Misioneros consagrados van la milla extra. Ponen sobre el altar de sacrificio hasta la última gota de su energía, cada hora de cada día. Cuando Roger Bannister rompió la milla de cuatro minutos, se desplomó en la línea de llegada a las manos de sus simpatizantes. Un periodista, sintiendo todo lo que estaba involucrado en ese momento histórico, escribió: » El corredor, con la boca abierta, patas delgadas, conociendo sólo el ritmo y el objetivo, pasando su fuerza para que al final, a la marca de una milla, no pudiera dar más.» Para un misionero consagrado no hay nada más para dar al final del día. Él lo ha puesto todo sobre el altar de sacrificio. Misioneros consagrados son misioneros que terminan el maratón. Son misioneros que terminan los quince rounds. Son misioneros que no se dan por vencidos.
Hace muchos años en la noche de hogar que la lucha libre era parte de las actividades de la tarde – a nuestros hijos les encantaba. Cuando los niños eran pequeños a veces les detenía con mis fuerzas, preguntando, «¿Te rindes?» Al principio decían: «Sí papá, me rindo.» Entonces yo decía: «No, nunca te rindas, nunca te rindas.» A medida que el tiempo pasaba y me gustaba hacer la pregunta de nuevo, y ellos respondían con rapidez, «No, papá, nunca te rindas». Misioneros consagrados nunca se dan por vencidos en la obra del Señor. Ellos nunca tiran la toalla. Habrían viajado de Palmyra a Salt Lake Valley. Nada les habría desviado a lo largo del camino. Ya ven, pues, que tendrían fe inquebrantable.
Misioneros consagrados están fuera del apartamento a las 10:00 de la mañana. Ellos no vuelven antes de las 9:00 de la noche, excepto para el almuerzo o la cena. Ellos hablan a todo el mundo. Tocan una puerta más. Hay una rapidez en su ritmo y una urgencia en su trabajo. Usted puede verlo en sus caras.
Hace años que yo era un joven misionero en Washington DC. Yo estaba en un intercambio con un Elder Hafen. Era una zona en bicicleta. Teníamos una cita a través de la ciudad, pero la lluvia empezó a caer. Él preguntó: «¿Debo cancelar la cita?», Le contesté, «Esta es tu área, así que toma tú la decisión.» Él pensó por un momento y luego respondió: «Vamos a montar.» Me encantan esas palabras -» Vamos a montar». Lluvia, granizo, nieve, no importa – «Vamos a montar.» Ese es el espíritu de un misionero consagrado.
Cuando los misioneros consagrados se han agotado y no les sobra nada de fuerzas, ellos confían en su fe y la reserva de los tanques de la energía de alguna manera los lleva por el día. Ellos también se convierten en beneficiarios de la promesa hecha a José Smith: «Mas para los trabajos temporales no tendrás fuerza, porque este no es tu llamamiento. «Pero entonces la promesa: «Tú dedicarás todo tu servicio a Sión, y en esto tendrás fuerza» (DC 24:7-9).

¿Cuánto Cuesta para Convertirse en un Misionero Consagrado?
¿Cuál es el costo para convertirse en un misionero consagrado? Hace algún tiempo que vi una película de la vida de Martin Luther. Estaba a punto de ser juzgado por herejía. Poco antes de que se reuniera con el Tribunal de la Inquisición, su mentor espiritual (un monje que le había entrenado y lo amaba) estaba cortando el pelo con una navaja de afeitar. En un momento el monje de Lutero le reprendió por haber puesto el mundo de cabeza, lo que llevó el mundo a una gran rebelión – los protestantes contra los católicos.
Luego, en un momento de agitación, Luther agarra su brazo y le pregunta: «¿Querías que cambiara el mundo. ¿Creías que no habría ningún costo?» Ustedes jóvenes misioneros vinieron hasta aquí para cambiar el mundo, para cambiar la vida, pero hay un costo. Su precio es todo lo que tienen sobre el altar de sacrificio – sus miedos, su orgullo, su pereza, su desobediencia, sus debilidades, No podemos retener nada. Cuando vinieron al campo misional, quemaron los puentes detrás, quemaron las naves en el puerto. No hay refugio a su vida anterior. No se puede tener un pie en la casa y un pie en el campo misional.
Esa es una fórmula determinada para la frustración. El Señor exige toda nuestra alma en el altar de sacrificio. Ese es el precio que debemos pagar, y cuando lo hacemos, entonces nos convertimos en instrumentos en las manos de Dios.

¿Qué es el poder de un misionero consagrado?
¿Qué es el poder de un misionero consagrado? Supongamos que yo les diera las siguientes opciones, ¿cuál elegirían?
-100 Misioneros mediocres o 80 misioneros consagrados?
-100 Misioneros mediocres o 50 misioneros consagrados?
-100 Misioneros mediocres o 20 misioneros consagrados?
-100 Misioneros mediocres o 2 misioneros consagrados?
(Por cierto, los nombres de los misioneros consagrados son Alma y Amón)
Nefi se dio cuenta de que el poder viene por la consagración, no con números. Lamán y Lemuel nunca podían entender esto. Ellos no podían comprender cómo podían obtener las planchas de bronce. Después de todo, dijeron, » ¿Cómo es posible que el Señor entregue a Labán en nuestras manos? He aquí él es un hombre poderoso, y puede mandar a cincuenta, sí, aun puede matar a cincuenta, entonces ¿por qué no a nosotros?» Para ellos tenía que ver totalmente con los números – 50 fue más de 4, por lo tanto, no podían prevalecer. Pero para Nefi, el poder del hombre era débil. Fue sólo el poder del Señor lo que se contaba. Él respondió: «Porque he aquí que él [Dios] es más fuerte que toda la tierra, ¿por qué no es más poderoso que Labán y sus cincuenta, sí, o incluso a sus decenas de miles» (1 Ne 4:1). El poder de un misionero consagrado es sin límite. Se manifiesta de muchas maneras. En cuanto a Nefi (hijo de Nefi), las Escrituras nos dicen que sus palabras eran tan poderosos, que para sus oyentes, «no era posible que descreyeran sus palabras» (3 Nefi 7:18). Cuando los hijos de Mosíah predicaban el Evangelio, las Escrituras declaran: «Ellos lo hacían con poder y autoridad de Dios» (Alma 17:03). Y en cuanto a esos misioneros consagrados que metieron sus hoces con toda su alma, el Señor prometió: «tus pecados te son perdonados» (DC 31:5). Esos son los poderes y las bendiciones de un misionero consagrado, y es por eso que el profeta José Smith dijo: «no es la multitud de predicadores que van a producir el glorioso milenio; sino los que son llamados, y escogidos, y fieles». (TPJ 42). En esencia – los consagrados.

Misioneros Consagrados Sirven al Salvador porque Lo Aman.
¿Cuál es fuerza motivadora para un misionero consagrado? Es el Salvador y Su expiación. Si no somos capaces de ser obedientes, si no somos capaces de ser humildes, si no somos capaces de vencer el miedo, quizás intelectualmente comprendemos la Expiación, pero de alguna manera no comprendemos el verdadero amor de su sacrificio. Una vez que lo sintamos y lo entendamos, tendremos motivo para darlo todo. Nos daremos cuenta de que nuestro todo es un pequeño reembolso por su todo.

Convertirse en un Misionero Consagrado.
Cada uno de nosotros apropiadamente podría preguntar, «¿Qué más me falta para convertirme en un misionero consagrado?» No hay cómo para escaparlo. De nosotros, Dios exige todo. Si somos tímidos o reservados – Dios nos obliga a cambiar, a ser audaces. Él nos saca fuera de nuestra zona de confort una y otra vez. Si somos perezosos u ociosos, él nos empuja y nos tira, incluso cuando estamos agotados. Si somos desobedientes, él nos presiona hasta que tengamos una sumisión como la de un niño. Él no nos dejará contentos con nuestras debilidades.
Cualquiera que sea la debilidad que nos impide ser un misionero consagrado, el Señor ha prometido que si tenemos fe en él, y nos humillamos ante él, que él hará que las cosas débiles sean fuertes para nosotros (Éter 12:26-27). Yo lo creo. Yo no creo que haya un misionero cuyas debilidades son mayores que las fuerzas potenciales dentro de él. ¿Por qué? – Porque cada uno de nosotros es un hijo e hija de Dios, con su naturaleza divina y potencial divino tejida en la trama misma de nuestras almas.
No creo que el Señor espere de nosotros la perfección inmediata, pero sí creo que espera progreso inmediato, y con ello el progreso viene consagración. Yo creo que él reconoce y aprecia cada paso que damos hacia adelante, por más pequeño que sea, tratando de poner toda nuestra alma sobre el altar del sacrificio. Al principio, la consagración puede parecer el monte. Everest, invencible, inaccesible, inalcanzable, pero cada paso que damos hacia adelante, pos más pequeño que pueda parecer, promueve nuestro ascenso, hasta que un día hemos alcanzado la cumbre.
¿No podemos conformarnos con ser buenos, incluso con ser grandes misioneros , cuando tenemos la capacidad de ser misioneros consagrados. Mormón declaró con audacia: » He aquí, yo soy un discípulo de Jesucristo, el Hijo de Dios. He sido llamado por él para declarar su palabra entre su pueblo a fin de que alcancen vida eterna» (2 Nefi 5:13). Que así sea con cada uno de nosotros, en el nombre de Jesucristo, Amén.